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domingo, 23 de enero de 2011

El Hombre Unidimensional - Herbert Marcuse


Ensayo sobre la ideología de la sociedad industrial avanzada

 
"El individuo unidimensional se caracteriza por su delirio persecutivo, su paranoia interiorizada por medio de los sistemas de comunicación masivos. Es indiscutible hasta la misma noción de alienación porque este hombre unidimensional carece de una dimensión capaz de exigir y de gozar cualquier progreso de su espíritu. Para él, la autonomía y la espontaneidad no tienen sentido en su mundo prefabricado de prejuicios y de opiniones preconcebidas".




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miércoles, 21 de octubre de 2009

UNA HISTORIA SIN FIN - Michael Ende IX. La ciudad de los espectros -


mponente resonaba la voz de Fújur, como una campana de bronce, en algún lugar situado sobre las espumosas olas.

-¡Atreyu! ¿Dónde estás, Atreyu?


Hacía tiempo que los gigantes de los vientos habían terminado su lucha y se habían separado. Se encontrarían otra vez, en un sitio u otro, para dirimir una vez más su contienda, como habían hecho siempre desde tiempos inmemoriales. Lo que acababa de suceder lo habían olvidado ya, porque no retenían nada ni conocían nada, salvo su propia fuerza indomable. Y por eso el dragón blanco y su pequeño jinete habían desaparecido hacía tiempo de su memoria.

Cuando Atreyu se precipitó en el abismo, Fújur trató al principio de seguirlo, con todas sus fuerzas, para cogerlo en el aire. Sin embargo, un viento huracanado había levantado al dragón y lo había arrastrado lejos, muy lejos. Cuando Fújur volvió, los gigantes de los vientos vociferaban ya sobre otro punto del mar. Fújur se esforzó desesperadamente por encontrar otra vez el lugar en que Atreyu debía de haber caído al agua, pero hasta para un dragón blanco de la suerte es imposible descubrir en la espuma hirviente de un mar revuelto el puntito diminuto de un cuerpo que flota... o el de un ahogado en su fondo.

Sin embargo, Fújur no quiso renunciar. Subió muy alto en el aire, para poder ver mejor, voló luego a poca distancia de las olas, y describió círculos, cada vez más amplios. Mientras tanto, no cesaba de llamar a Atreyu, con la esperanza de divisarlo aún entre la espuma.

Era un dragón de la suerte y nada podía quebrantar su convicción de que, a pesar de todo, la cosa acabaría bien. Pasase lo que pasase, Fújur no se daría nunca por vencido.

-¡Atreyu! -retumbaba su voz poderosa en medio del rugido de las olas-. ¡Atreyu! ¿Dónde estas?


Atreyu vagaba por las calles de una ciudad abandonada, en medio de un silencio sepulcral. El espectáculo era agobiante y siniestro. No parecía haber ningún edificio que, simplemente por su aspecto exterior, no produjera una impresión amenazadora y maldita, como si la ciudad entera se compusiera sólo de castillos de fantasmas y casas embrujadas. Sobre las calles y callejas, tan tortuosas y torcidas como todo en aquel país, colgaban monstruosas telas de araña, y un olor nauseabundo subía de los ventanucos de los sótanos y de los pozos secos.

Atreyu se había deslizado al principio de esquina en esquina para no ser descubierto, pero pronto no se esforzó ya por ocultarse. Plazas y calles estaban vacías y tampoco en los edificios había movimiento. Entró en algunos, pero sólo encontró muebles volcados, cortinas rasgadas, vajilla y cristal hechos añicos... todos los signos de la desolación, pero ningún habitante. Sobre una mesa había aún comida a medio comer: unos platos con sopa negra y unos restos pegajosos que quizá fueran pan. Comió de ambas cosas. Sabían repulsivamente, pero él tenía mucha hambre. En cierto sentido, le pareció muy justo haber ido a parar precisamente allí. Aquello era lo adecuado para alguien a quien no quedaba ya esperanza.


Bastián se sentía muy debilitado por el hambre.

El cielo sabe por qué, precisamente entonces, de forma muy poco oportuna, recordó la tarta de manzana de la señorita Anna. La mejor tarta de manzana del mundo.

La señorita Anna venía tres veces por semana, escribía a máquina para su padre y ponía orden en la casa. La mayoría de las veces cocinaba o hacía algún pastel. Era una persona robusta, que hablaba y se reía despreocupadamente. El padre de Bastián era cortés con ella pero, por lo demás, apenas parecía darse cuenta de su presencia. Muy rara vez conseguía la señorita Anna que en el rostro preocupado de él apareciese fugazmente una sonrisa. Cuando eso ocurría, la casa se volvía un poco más luminosa.

La señorita Anna tenía una hijita, aunque no estaba casada. La niña se llamaba Christa, tenía tres años menos que Bastián y un pelo rubio precioso. Antes, la señorita Anna había traído casi siempre con ella a su hijita. Christa era muy tímida. Cuando Bastián le contaba cuentos durante horas, se quedaba muy quieta y lo escuchaba con ojos muy abiertos. Admiraba a Bastián y a él ella le caía muy bien.

Sin embargo, hacía un año la señorita Anna había llevado a su hijita a un hogar escolar en el campo. Y ahora no se veían casi nunca.

Bastián se lo había tomado bastante a mal a la señorita Anna, y todas las explicaciones de ella de por qué era mejor así para Christa no lo habían convencido.

Con todo, nunca podía resistirse a su tarta de manzana.

Bastián se preguntó cuánto tiempo podía aguantar un hombre sin comer. ¿Tres días? ¿Dos? ¿Se sentían alucinaciones ya al cabo de veinticuatro horas? Bastián contó con los
dedos el tiempo que llevaba allí. Diez horas o incluso algo más. ¡Si se hubiera guardado el bocadillo del colegio o, por lo menos, la manzana!

Al tembloroso resplandor de las velas, los ojos de cristal del zorro, la lechuza y la enorme águila real parecían casi vivos. Las sombras de los animales se agitaban enormes en la pared del desván.

El reloj de la torre dio siete campanadas.


Atreyu salió otra vez a la calle y vagó sin rumbo por la ciudad. Ésta parecía muy grande. Atravesó barrios en donde todas las casas eran pequeñas y bajas, de forma que, de pie, llegaba al alero de los tejados, y otros barrios en donde se alzaban palacios de muchas plantas y fachadas decoradas con estatuas. Sin embargo, todas esas estatuas representaban esqueletos o figuras demoníacas que, con sus rostros grotescos, miraban fijamente al solitario vagabundo.

Y entonces se quedó de pronto clavado en el suelo.

En algún sitio, muy cerca, sonó un aullido ronco y gutural que parecía tan desesperado, tan inconsolable, que a Atreyu se le partió el corazón. Todo el abandono, toda la maldición de las criaturas de las tinieblas estaban en aquel lamento, que parecía no querer acabar nunca y era devuelto como un eco por los muros de edificios cada vez más lejanos, hasta que finalmente sonó como una manada dispersa de gigantescos lobos.

Atreyu se dirigió hacia aquel sonido, que se hizo cada vez más suave y se extinguió por fin en un ronco sollozo. Pero tuvo que buscar algún tiempo. Atravesó una entrada, llegó a un patio estrecho y sin luz, cruzó un arco y llegó por fin a un patio interior, húmedo y sucio. Y allí, encadenado ante un hueco del muro, había un enorme hombre-lobo, medio
muerto de hambre. Se le podían contar las costillas bajo la sarnosa piel, las vértebras de su espina dorsal sobresalían como dientes de sierra y la lengua le colgaba de las fauces semiabiertas.

Atreyu se acercó a él sin hacer ruido. Cuando el hombre-lobo lo vio, levantó con una sacudida su formidable cabeza. En sus ojos se encendió una luz verde.

Durante un rato, se miraron fijamente sin decir palabra ni hacer ruido alguno. Por fin, el hombre-lobo dejó oír un rugido suave, sumamente peligroso:

-¡Vete! ¡Déjame morir tranquilo!

Atreyu no se movió. Igual de suave, respondió:

-He oído tu llamada y por eso he venido.

El lobo echó hacia atrás la cabeza.,

-No he llamado a nadie -gruñó-: era mi lamento fúnebre.

-¿Quién eres? -preguntó Atreyu, dando otro paso adelante.

-Soy Gmork, el hombre-lóbo.

-¿Por qué estás aquí encadenado?

-Se olvidaron de mí al marcharse.

-¿Quiénes?

-Los que me pusieron estas cadenas.

-¿Y a dónde fueron?

Gmork no respondió. Miró a Atreyu expectante, con los ojos semicerrados. Tras un largo silencio dijo:

-Tú no eres de aquí, pequeño extranjero, ni de esta ciudad ni de este país. ¿Qué buscas?

Atreyu bajó la cabeza.

-No sé cómo he llegado hasta aquí. ¿Cómo se llama esta ciudad?

-Es la capital del más famoso país de Fantasía -dijo Gmork-. Sobre ningún otro país o ciudad corren tantas historias. Estoy seguro de que también tú habrás oído hablar de la Ciudad de los Espectros, en el País de la Gentuza, ¿no?

Atreyu asintió lentamente.

Gmork no había perdido de vista al muchacho. Le extrañaba que aquel chico de piel verde pudiese mirarlo tan tranquilo con sus grandes ojos negros sin mostrar ningún miedo.

-¿Y tú... quién eres tú? -preguntó.

Atreyu pensó un poco antes de responder:

-Soy Nadie.

-¿Qué quiere decir eso?

-Quiere decir que en otro tiempo tenía un nombre. Ese nombre no debe ser ya pronunciado. Por eso soy Nadie.

El hombre-lobo descubrió un poco los labios, dejando ver su tremenda dentadura, lo que sin duda equivalía a una sonrisa. Conocía tinieblas del alma de todas clases y sentía que, de algún modo, estaba ante un igual.

-Si eso es así -dijo con voz ronca-, Nadie me ha oído, Nadie ha venido hasta aquí y Nadie ha hablado conmigo en mi última hora.

Otra vez asintió Atreyu. Luego preguntó:

-¿Y no podría Nadie quitarte esa cadena?

La luz verde de los ojos del hombre-lobo tembló. Él empezó a jadear y a relamerse los labios.

-¿Lo harías de veras? -balbuceó-. ¿Soltarías a un hombre-lobo hambriento? ¿No sabes lo que eso significa? ¡Nadie estaría seguro de mí!

-Sí -dijo Atreyu-, pero yo soy Nadie. ¿Por qué habría de tenerte miedo?

Quiso acercarse a Gmork, pero él lanzó una vez más su rugido profundo y terrible. El muchacho retrocedió.

-¿No quieres que te ponga en libertad? -preguntó.

EL hombre-lobo pareció de pronto muy cansado.

-No puedes hacerlo. Pero, si te pones a mi alcance, tendré que hacerte pedazos, hijito. Eso sólo retrasaría mi fin un poco, una o dos horas. De manera que apártate y déjame reventar tranquilo.

Atreyu reflexionó.

-Quizá -dijo finalmente- pueda encontrar algo de comer para ti. Podría buscar en la ciudad.

Gmork abrió lentamente los ojos de nuevo y miró al muchacho. El fuego verde de su mirada se había apagado.

-¡Vete al diablo, pequeño necio! ¿Quieres conservarme la vida hasta que llegue la Nada?

-Pensé -tartamudeó Atreyu- que cuando te hubiera traído comida y estuvieras satisfecho, podría acercarme a ti y quitarte la cadena...

Gmork rechinó los dientes.

-Si fuera una cadena corriente la que me retuviera, ¿crees que no la habría roto yo mismo con los dientes hace tiempo?

Para demostrarlo cogió la cadena y su terrible dentadura se cerró sobre ella con un crujido. La sacudió y la soltó luego.

-Es una cadena mágica. Sólo puede soltarla la misma persona que me la puso. Y ésa no volverá.

-¿Quién te la puso?

Gmork empezó a gemir como un perro apaleado. Sólo al cabo de un rato se tranquilizó lo suficiente para poder responder:

-Fue Gaya, la Princesa Tenebrosa.

-¿Y a dónde ha ido?

-Se ha precipitado en la Nada... como todos los otros.

Atreyu pensó en los locos danzantes que había visto fuera de la ciudad, entre la niebla.

-¿Por qué? -murmuró-. ¿Por qué no huyeron?

-Habían perdido la esperanza. Eso a vosotros os debilita. La Nada os atrae poderosamente y ninguno de vosotros podrá resistirla ya mucho tiempo.

Al decir eso, Gmork soltó una risita profunda y maligna.

-¿Y tú? -siguió preguntando Atreyu-. Hablas como si no fueras uno de nosotros.

-No soy uno de vosotros.

-¿De dónde vienes entonces?

-¿No sabes qué es un hombre-lobo?

Atreyu negó en silencio con la cabeza.

-Tú sólo conoces Fantasia -dijo Gmork-, pero hay otros mundos. Por ejemplo, el de las criaturas humanas, y hay también seres que no tienen mundo propio. En cambio, pueden entrar y salir muchos mundos. Yo soy de ésos. En el mundo de los hombres paso por hombre, pero no lo soy. Y en Fantasia tengo figura fantásica sin ser uno de vosotros.

Atreyu se sentó lentamente en el suelo y miró con sus ojos grandes y negros al hombre-lobo agonizante.

-¿Tú has estado en el mundo de las criaturas humanas?

-He ido y venido a menudo entre su mundo y el vuestro.

-Gmork -tartamudeó Atreyu sin poder evitar que le temblaran los labios-, ¿puedes enseñarme el camino de ese mundo?

En los ojos de Gmork brilló una chispita verde. Era como si se riera por dentro.

-Para ti y tus iguales el camino de ida es muy fácil. La cosa no tiene más que un inconveniente: que no podéis volver. Tenéis que quedaros allí para siempre. ¿Es eso lo que quieres?

-¿Qué tengo que hacer? -preguntó Atreyu decidido.

-Lo que han hecho antes que tú todos los de esta ciudad, hijito. Sólo tienes que saltar a la Nada. Pero eso no corre prisa porque, tarde o temprano, lo harás de todas formas, cuando desaparezcan las últimas partes de Fantasia.

Atreyu se puso en pie.

Gmork se dio cuenta de que el muchacho temblaba con todo el cuerpo. Como no conocía la verdadera razón, dijo tranquilizadoramente:

-No tengas miedo: no hace daño.

-No tengo miedo -respondió Atreyu-. Nunca hubiera pensado que precisamente gracias a ti recobraría todas mis esperanzas.

Los ojos de Gmork centellearon como dos lunitas verdes.

-No tienes ningún motivo para ello, hijito... cualquiera que sea el que tengas. Cuando aparezcas en el mundo de los hombres no serás ya lo que eres aquí. Ése es precisamente el secreto que nadie puede saber en Fantasia.

Atreyu seguía de pie, con los brazos colgantes.

-¿Qué seré allí? -preguntó-, ¡Dime el secreto!

Gmork calló largo tiempo, sin moverse. Atreyu temía ya no obtener respuesta cuando finalmente, un pesado suspiro hinchó el pecho del hombre-lobo, que comenzó a hablar con voz ronca:

-¿Por quién me tomas, hijito? ¿Por amigo tuyo? ¡Ten cuidado! Sólo estoy pasando el tiempo contigo. Y ahora ni siquiera te puedes marchar ya. Te he retenido aprovechando tu esperanza. Pero, mientras hablo, la Nada cerca por todos lados la Ciudad de los Espectros y pronto no habrá ya salida. Entonces estarás perdido. Si me escuchas, será que te has decidido ya. Pero todavía puedes huir.

El gesto cruel de la boca de Gmork se acentuó. Atreyu titubeó una décima de segundo y luego susurró:

-¡Dime el secreto! ¿Qué seré allí?

Otra vez tardó Gmork mucho tiempo en responder. Su respiración era ahora ronca y estertorosa. Sin embargo, de pronto se incorporó, de forma que quedó apoyado en las zarpas delanteras y Atreyú tuvo que mirarlo. Sólo entonces se dio cuenta de todo su tamaño y todo su horror. Cuando el hombre-lobo habló de nuevo, su voz sonó áspera.

-¿Has visto la Nada, hijito?

-Sí, muchas veces.

-¿Qué te parece?

-Como si uno estuviera ciego.

-Bueno... pues cuando entráis en ella se apodera de vosotros, quiero decir la Nada. Sois como una enfermedad contagiosa que hace ciegos a los hombres, de forma que no pueden distinguir ya entre apariencia y realidad. ¿Sabéis cómo os llaman allí?

-No -susurró Atreyu.

-¡Mentiras! -ladró Gmork.

Atreyu sacudió la cabeza. Sus labios se habían quedado exangües.

-¿Cómo puede ser eso?

Gmork se ensañó al ver el espanto de Atreyu. La conversación lo animaba visiblemente. Tras una pequeña pausa siguió diciendo:

-¿Me preguntas qué serás allí? ¿Y qué eres aquí? ¿Qué sois los seres de Fantasía? ¡Sueños, invenciones del reino de la poesía, personajes de una Historia Interminable! ¿Crees que eres real, hijito? Bueno, aquí, en tu mundo, lo eres. Pero, si atraviesas la Nada, no existirás ya. Habrás quedado desfigurado. Estarás en otro mundo. Allí no tenéis ningún parecido con vosotros mismos. Lleváis la ilusión y la ofuscación al mundo de los hombres. ¿Sabes, hijito, lo que pasará con todos los habitantes de la Ciudad de los Espectros que han saltado a la Nada?

-No -tartamudeó Atreyu.

-Se convertirán en desvaríos de la mente humana, imágenes del miedo cuando, en realidad, no hay nada que temer, deseos de cosas que enferman a los hombres, imágenes
de la desesperación donde no hay razón para desesperar...

-¿Todos seremos así? -preguntó Atreyu espantado.

-No -replicó Gmork-, hay muchas clases de locura y ofuscación; según lo que sois aquí, hermosos o feos, tontos o listos, seréis allí mentiras hermosas o feas, tontas o inteligentes.

-Y yo -quiso saber Atreyu-, ¿qué seré yo?

Gmork sonrió irónicamente.

-Eso no te lo digo, hijito. Ya lo verás. O, mejor, no lo verás, porque ya no serás tú.

Atreyu calló, mirando al hombre-lobo con ojos muy abiertos.

Gmork continuó:

-Por eso los seres humanos odian y temen a Fantasía y a todo lo que procede de aquí. La quieren aniquilar. Y no saben que, precisamente así, aumentarán la oleada de mentiras que cae ininterrumpidamente en su mundo... esa corriente de seres desfigurados que tienen que llevar allí una existencia ficticia de cadáveres vivientes y envenenan el alma de los hombres con su olor a podrido. Los hombres no lo saben. ¿No es gracioso?

-¿Y no hay nadie -preguntó Atreyu en voz baja- que no nos odie ni nos tema?

-Yo, al menos, no conozco a nadie -dijo Gmork-, y tampoco es de extrañar, porque vosotros mismos tenéis que resignaros allí a hacer creer a los hombres que Fantasia no existe.

-¿Que no existe Fantasía? -repitió Atreyu desconcertado.

-Claro, hijito -respondió Gmork-, eso es precisamente lo más importante. ¿No puedes imaginártelo? Sólo si creen que no existe Fantasía no se les ocurrirá visitaros. Y de eso depende todo, porque únicamente cuando no os conocen en vuestro verdadero aspecto puede hacerse con ellos cualquier cosa.

-Hacer con ellos... ¿qué?

-Todo lo que se quiere. Se tiene poder sobre ellos. Y nada da un poder mayor sobre los hombres que las mentiras. Porque esos hombres, hijito, viven de ideas. Y éstas se pueden dirigir. Ese poder es el único que cuenta. Por eso yo también he estado al lado del poder y lo he servido, para poder participar de él... aunque de una forma distinta que tú y tus iguales.

-¡Yo no quiero participar de él! -balbuceó Atreyu.

-Calma, pequeño necio -gruñó el hombre-lobo-. En cuanto te llegue el turno de saltar a la Nada, serás también un servidor del poder, desfigurado y sin voluntad. Quién sabe para qué les servirás. Quizá, con tu ayuda, harán que los hombres compren lo que no necesitan, odien lo que no conocen, crean lo que los hace sumisos o duden de lo que podría salvarlos. Con vosotros, pequeños fantasios, se harán grandes negocios en el mundo de los hombres, se declararán guerras, se fundarán imperios mundiales...

Gmork contempló al muchacho un rato con los ojos semicerrados, y luego añadió:

-También hay una multitud de pobres zoquetes, los cuales, naturalmente, se consideran a sí mismos muy inteligentes y creen estar al servicio de la verdad, que nada hacen con más celo que intentar disuadir hasta a los niños de que existe Fantasía. Quizá tú les seas útil precisamente a ellos.

Atreyu conservó la cabeza baja.

Ahora sabía por qué no venían ya seres humanos a Fantasía y por qué no vendrían nunca para dar nuevos nombres a la Emperatriz Infantil. Cuanto más se extendiera la aniquilación de Fantasía, tanto mayor sería el raudal de mentiras en el mundo de los hombres y, precisamente por ello, cada segundo disminuía la posibilidad de que viniera aún un ser humano. Era un círculo vicioso del que no había escapatoria. Atreyu lo sabía ahora.

jueves, 15 de octubre de 2009

LA OBJETIVIDAD, Un argumento para obligar.





¿Qué es un argumento objetivo? Cuando queremos convencer a alguien, presentamos este argumento, pretendiendo que la realidad es universal y que esa realidad nosotros la hemos aprehendido racionalmente. Si el otro persiste en sus argumentos, lo trataremos de ilógico o de absurdo. Pero ¿cómo se conecta la razón con la realidad? ¿Nos permite la razón acceder a la realidad? La respuesta implícita o explícita que cada uno da a la pregunta acerca de la realidad determina el modo de vida y con ello la aceptación o rechazo al otro. En este ensayo, Maturana aborda la pregunta sobre la realidad, considerando al observador como una entidad biológica. Sostiene que sólo se puede responder a esta pregunta siempre que la observación y conocimiento sean explicados como un fenómeno biológico generado a través de la operación del observador como un ser humano viviente.

domingo, 21 de diciembre de 2008

Julio Cortazar-Las Ménades


 Alcanzándome un programa impreso en papel crema, Don Pérez me condujo a mi platea. Fila nueve, ligeramente hacia la derecha: el perfecto equilibrio acústico. Conozco bien el teatro Corona y sé que tiene caprichos de mujer histérica. A mis amigos les aconsejo que no acepten jamás fila trece, porque hay una especie de pozo de aire donde no entra la música; ni tampoco el lado izquierdo de las tertulias, porque al igual que en el Teatro Comunale de Florencia, algunos instrumentos dan la impresión de apartarse de la orquesta, flotar en el aire, y es así como una flauta puede ponerse a sonar a tres metros de uno mientras el resto continúa correctamente en la escena, lo cual será pintoresco pero muy poco agradable.
   Le eché una mirada al programa. Tendríamos El sueño de una noche de verano, Don Juan, El mar y la Quinta sinfonía. No pude menos de reírme al pensar en el Maestro. Una vez más el viejo zorro había ordenado su programa de concierto con esa insolente arbitrariedad estética que encubría un profundo olfato psicológico, rasgo común en los régisseurs de music-hall, los virtuosos de piano y los match-makers de lucha libre. Sólo yo de puro aburrido podía meterme en un concierto donde después de Strauss, Debussy, y sobre el pucho Beethoven contra todos los mandatos humanos y divinos. Pero el Maestro conocía a su público, armaba conciertos para los habitués del teatro Corona, es decir gente tranquila y bien dispuesta que prefiere lo malo conocido a lo bueno por conocer, y que exige ante todo profundo respeto por su digestión y su tranquilidad. Con Mendelssohn se pondrían cómodos, después el Don Juan generoso y redondo, con tonaditas silbables. Debussy los haría sentirse artistas, porque no cualquiera entiende su música. Y luego el plato fuerte, el gran masaje vibratorio beethoveniano, así llama el destino a la puerta, la V de la victoria, el sordo genial, y después volando a casa que mañana hay un trabajo loco en la oficina.
   En realidad yo le tenía un enorme cariño al Maestro, que nos trajo buena música a esta ciudad sin arte, alejada de los grandes centros, donde hace diez años no se pasaba de La Traviata y la obertura de El Guaraní. El Maestro vino a la ciudad contratado por un empresario decidido, y armó esta orquesta que podía considerarse de primera línea. Poco a poco nos fue soltando Brahms, Mahler, los impresionistas, Strauss y Mussorgski. Al principio los abonados le gruñeron y el Maestro tuvo que achicar las velas y poner muchas "selecciones de ópera" en los programas; después empezaron a aplaudirle el Beethoven duro y parejo que nos plantaba, y al final lo ovacionaron por cualquier cosa, por sólo verlo, como ahora que su entrada estaba provocando un entusiasmo fuera de lo común. Pero a principios de temporada la gente tiene las manos frescas, aplaude con gusto, y además todo el mundo lo quería al Maestro que se inclinaba secamente, sin demasiada condescendencia, y se volvía a los músicos con su aire de jefe de brigantes. Yo tenía a mi izquierda a la señora de Jonatán, a quien no conozco mucho pero que pasa por melómana, y que sonrosadamente me dijo:
   -Ahí tiene, ahí tiene a un hombre que ha conseguido lo que pocos. No solo ha formado una orquesta sino un público. ¿No es admirable?
   -Sí -dije yo con mi condescendencia habitual.
   -A veces pienso que debería dirigir mirando hacia la sala, porque también nosotros somos un poco sus músicos.
   -No me incluya, por favor -dije-. En materia de música tengo una triste confusión mental. Este programa, por ejemplo, me parece horrendo. Pero sin duda me equivoco.
   La señora de Jonatán me miró con dureza y desvió el rostro, aunque su amabilidad pudo más y la indujo a darme una explicación.
   -El programa es de puras obras maestras, y cada una ha sido solicitada especialmente por cartas de admiradores. ¿No sabe que el Maestro cumple esta noche sus bodas de plata con la música? ¿Y que la orquesta festeja los cinco años de formación? Lea al dorso del programa, hay un articulo tan delicado del doctor Palacín.
   Leí el artículo del doctor Palacín en el intervalo, después de Mendelssohn y Strauss que le valieron al Maestro sendas ovaciones. Paseándome por el foyer me pregunté una o dos veces si las ejecuciones justificaban semejantes arrebatos de un público que, según me consta, no es demasiado generoso. Pero los aniversarios son las grandes puertas de la estupidez, y presumí que los adictos del Maestro no eran capaces de contener su emoción. En el bar encontré al doctor Epifanía con su familia, y me quedé a charlar unos minutos. Las chicas estaban rojas y excitadas, me rodearon como gallinitas cacareantes (hacen pensar en volátiles diversos) para decirme que Mendelssohn había estado bestial, que era una música como de terciopelo y de gasas, y que tenía un romanticismo divino. Uno podría quedarse toda la vida oyendo el nocturno, y el scherzo estaba tocado como por manos de hadas. A la Beba le gustaba más Strauss porque era fuerte, verdaderamente un Don Juan alemán, con esos cornos y esos trombones que le ponían carne de gallina -cosa que me resultó sorprendentemente literal. El doctor Epifanía nos escuchaba con sonriente indulgencia.
   -¡Ah, los jóvenes! Bien se ve que ustedes no escucharon tocar a Risler, ni dirigir a von Bülow. Esos eran los grandes tiempos.
   Las chicas lo miraban furiosas. Rosarito dijo que las orquestas estaban mucho mejor dirigidas que cincuenta años atrás, y la Beba negó a su padre todo derecho a disminuir la calidad extraordinaria del Maestro.
   -Por supuesto, por supuesto -dijo el doctor Epifanía-. Considero que el Maestro está genial esta noche. ¡Qué fuego, qué arrebato! Yo mismo hacía años que no aplaudía tanto.
   Y me mostró dos manos con las que se hubiera dicho que acababa de aplastar una remolacha. Lo curioso es que hasta ese momento yo había tenido la impresión contraria, y me parecía que el Maestro estaba en una de esas noches en que el hígado le molesta y él opta por un estilo escueto y directo, sin prodigarse mucho. Pero debía ser el único que pensaba así, porque Cayo Rodríguez casi me saltó al pescuezo al descubrirme, y me dijo que el Don Juan había estado brutal y que el Maestro era un director increíble.
   -¿Vos no viste ese momento en el scherzo de Mendelssohn cuando parece que en vez de una orquesta son como susurros de voces de duendes?
   -La verdad -dije yo- es que primero tendría que enterarme de cómo son las voces de los duendes.
   -No seas bruto -dijo Cayo enrojeciendo, y vi que me lo decía sinceramente rabioso-. ¿Cómo no sos capaz de captar eso? El Maestro está genial, che, dirige como nunca. Parece mentira que seas tan coriáceo.
   Guillermina Fontán venía presurosa hacia nosotros. Repitió todos los epítetos de las chicas de Epifanía, y ella y Cayo se miraron con lágrimas en los ojos, conmovidos por esa fraternidad en la admiración que por un momento hace tan buenos a los humanos. Yo los contemplaba con asombro, porque no me explicaba del todo un entusiasmo semejante; cierto que no voy todas las noches a los conciertos como ellos, y que a veces me ocurre confundir Brahms con Brückner y viceversa, lo que en su grupo sería considerado como de una ignorancia inapelable. De todas maneras esos rostros rubicundos, esos cuellos transpirados, ese deseo latente de seguir aplaudiendo aunque fuera en el foyer o en el medio de la calle, me hacían pensar en las influencias atmosféricas, la humedad o las manchas solares, cosas que suelen afectar los comportamientos humanos. Me acuerdo de que en ese momento pensé si algún gracioso no estaría repitiendo el memorable experimento del doctor Ox para incandescer al público. Guillermina me arrancó de mis cavilaciones sacudiéndome del brazo con violencia (apenas nos conocemos).
   -Y ahora viene Debussy -murmuró excitadísima-. Esa puntilla de agua, La Mer.
   -Será magnifico escucharla -dije, siguiéndole la corriente marina.
   -¿Usted se imagina cómo la va a dirigir el Maestro?
   -Impecablemente -estimé, mirándola para ver cómo juzgaba mi advertencia. Pero era evidente que Guillermina esperaba más fuego, porque se volvió a Cayo que bebía soda como un camello sediento y los dos se entregaron a un cálculo beatífico sobre lo que sería el segundo tiempo de Debussy, y la fuerza grandiosa que tendría el tercero. Me fui de ronda por los pasillos, volví al foyer, y en todas partes era entre conmovedor e irritante ver el entusiasmo del público por lo que acababa de escuchar. Un enorme zumbido de colmena alborotada incidía poco a poco en los nervios, y yo mismo acabé sintiéndome un poco febril y dupliqué mi ración habitual de soda Belgrano. Me dolía un poco no estar del todo en el juego, mirar a esa gente desde fuera, a lo entomólogo. Qué le iba a hacer, es una cosa que me ocurre siempre en la vida, y casi he llegado a aprovechar esta aptitud para no comprometerme en nada.
   Cuando volví a la platea todo el mundo estaba ya en su sitio, y molesté a la entera fila para alcanzar mi butaca. Los músicos entraban desganadamente a escena, y me pareció curioso cómo la gente se había instalado antes que ellos, ávida de escuchar. Miré hacia el paraíso y las galerías altas; una masa negra, como moscas en un tarro de dulce. En las tertulias, más separadas, los trajes de los hombres daban la impresión de bandadas de cuervos; algunas linternas eléctricas se encendían y apagaban, los melómanos provistos de partituras ensayaban sus métodos de iluminación. La luz de la gran lucerna central bajó poco a poco, y en la oscuridad de la sala oí levantarse los aplausos que saludaban la entrada del Maestro. Me pareció curiosa esa sustitución progresiva de la luz por el ruido, y cómo uno de mis sentidos entraba en juego justamente cuando el otro se daba al descanso. A mi izquierda la señora de Jonatán batía palmas con fuerza, toda la fila aplaudía cerradamente; pero a la derecha, dos o tres plateas más allá, vi a un hombre que se estaba inmóvil, con la cabeza gacha. Un ciego, sin duda; adiviné el brillo del bastón blanco, los anteojos inútiles. Sólo él y yo nos negábamos a aplaudir y me atrajo su actitud. Hubiera querido sentarme a su lado, hablarle: alguien que no aplaudía esa noche era un ser digno de interés. Dos filas más adelante, las chicas de Epifanía se rompían las manos, y su padre no se quedaba atrás. El Maestro saludó brevemente, mirando una o dos veces hacia arriba, de donde el ruido bajaba como rolidos para encontrarse con el de la platea y los palcos. Me pareció verle un aire entre interesado y perplejo; su oído debía estarle mostrando la diferencia entre un concierto ordinario y el de unas bodas de plata: Ni qué decir que La Mer le valió una ovación apenas algo menor que la obtenida con Strauss, cosa por lo demás comprensible. Yo mismo me dejé atrapar por el último movimiento, con sus fragores y sus inmensos vaivenes sonoros, y aplaudí hasta que me dolieron las manos. La señora de Jonatán lloraba.
   -Es tan inefable -murmuró volviendo hacia mí un rostro que parecía salir de la  lluvia-. Tan increíblemente inefable...
   El Maestro entraba y salía, con su destreza elegante y su manera de subir al podio como quien va a abrir un remate. Hizo levantarse a la orquesta, y los aplausos y los bravos redoblaron. A mi derecha, el ciego aplaudía suavemente, cuidándose las manos, era delicioso ver con qué parsimonia contribuía al homenaje popular, la cabeza gacha, el aire recogido y casi ausente. Los "¡bravo!", que resuenan siempre aisladamente y como expresiones individuales, restallaban desde todas direcciones. Los aplausos habían empezado con menos violencia que en la primera parte del concierto, pero ahora que la música quedaba olvidada y que no se aplaudía Don Juan ni La Mer (o mejor, sus efectos), sino solamente al Maestro y al sentimiento colectivo que envolvía la sala, la fuerza de la ovación empezaba a alimentarse a sí misma, crecía por momentos y se tornaba casi insoportable. Irritado, miré hacia la izquierda; vi a una mujer vestida de rojo que corría aplaudiendo por el centro de la platea, y que se detenía al pie del podio, prácticamente a los pies del Maestro. Al inclinarse para saludar otra vez, el Maestro se encontró con la señora de rojo a tan poca distancia que se enderezó sorprendido. Pero de las galerías altas venía un fragor que lo obligó a alzar la cabeza y saludar, como raras veces lo hacía, levantando el brazo izquierdo. Aquello exacerbó el entusiasmo, y a los aplausos se agregaban truenos de zapatos batiendo el piso de las tertulias y los palcos. Realmente era una exageración.
   No había intervalo, pero el Maestro se retiró a descansar dos minutos, y yo me levanté para ver mejor la sala. El calor, la humedad y la excitación habían convertido a la mayoría de los asistentes en lamentables langostinos sudorosos. Cientos de pañuelos funcionaban como olas de un mar que grotescamente prolongaba el que acabábamos de oír. Muchas personas corrían hacia el foyer, para tragar a toda velocidad una cerveza o una naranjada. Temerosos de perder algo, retornaban a punto de tropezarse con otros que salían, y en la puerta principal de la platea había una confusión considerable. Pero no se producían altercados, la gente se sentía de una bondad infinita, era más bien como un gran reblandecimiento sentimental en que todos se encontraban fraternalmente y se reconocían. La señora de Jonatán, demasiado gorda para maniobrar en su platea, alzaba hasta mí, siempre de pie, un rostro extrañamente semejante a un rabanito. "Inefable", repetía. "Tan inefable".
   Casi me alegré de que volviera el Maestro, porque aquella multitud de la que yo formaba parte inexcusablemente me daba entre lástima y asco. De toda esa gente, los músicos y el Maestro parecían los únicos dignos. Y además el ciego a pocas plateas de la mía, rígido y sin aplaudir, con una atención exquisita y sin la menor bajeza.
   -La Quinta -me humedeció en la oreja la señora de Jonatán-. El éxtasis de la tragedia.
   Pensé que era más bien un título para película, y cerré los ojos. Tal vez buscaba en ese instante asimilarme al ciego, al único ser entre tanta cosa gelatinosa que me rodeaba. Y cuando veía ya pequeñas luces verdes cruzando mis párpados como golondrinas, la primera frase de La Quinta me cayó encima como una pala de excavadora, obligándome a mirar. El Maestro estaba casi hermoso, con su rostro fino y avizor, haciendo despegar la orquesta que zumbaba con todos sus motores. Un gran silencio se había hecho en la sala, sucediendo fulminantemente a los aplausos; hasta creo que el Maestro soltó la máquina antes de que terminaran de saludarlo. El primer movimiento pasó sobre nuestras cabezas con sus fuegos de recuerdo, sus símbolos, su fácil e involuntaria pega-pega. El segundo, magníficamente dirigido, repercutía en una sala donde el aire daba la impresión de estar incendiado pero con un incendio que fuera invisible y frío, que quemara de dentro afuera. Casi nadie oyó el primer grito porque fue ahogado y corto, pero como la muchacha estaba justamente delante de mí, su convulsión me sorprendió y al mismo tiempo la oí gritar, entre un gran acorde de metales y maderas. Un grito seco y breve como de espasmo amoroso o de histeria. Su cabeza se dobló hacia atrás, sobre esa especie de raro unicornio de bronce que tienen las plateas del Corona, y al mismo tiempo sus pies golpearon furiosamente el suelo mientras las personas a su lado la sujetaban por los brazos. Arriba, en la primera fila de tertulia, oí otro grito, otro golpe en el suelo. El Maestro cerró el segundo tiempo y soltó directamente el tercero; me pregunté si un director puede escuchar un grito de la platea, atrapado como está por el primer plano sonoro de la orquesta. La muchacha de la butaca delantera se doblaba ahora poco a poco y alguien (quizá su madre) la sostenía siempre de un brazo. Yo hubiera querido ayudar, pero menudo lío es meterse en las cosas de la fila de adelante, en pleno concierto y con gentes desconocidas. Quise decirle algo a la señora de Jonatán, por aquello de que las mujeres son las indicadas para atender esa clase de ataques, pero estaba con los ojos fijos en la espalda del Maestro, perdida en la música; me pareció que algo le brillaba debajo de la boca, en la barbilla. De golpe dejé de ver al Maestro, porque la rotunda espalda de un señor de smoking se enderezaba en la fila delantera. Era muy raro que alguien se levantara a mitad del movimiento, pero también eran raros esos gritos y la indiferencia de la gente ante la muchacha histérica. Algo como una mancha roja me obligó a mirar hacia el centro de la platea, y nuevamente vi a la señora que en el intervalo había corrido a aplaudir al pie del podio. Avanzaba lentamente, yo hubiera dicho que agazapada aunque su cuerpo se mantenía erecto, pero era más bien el tono de su marcha, un avance a pasos lentos, hipnóticos, como quien se prepara a dar un salto. Miraba fijamente al Maestro, vi por un instante la lumbre emocionada de sus ojos. Un hombre salió de las filas y se puso a andar tras ella; ahora estaban a la altura de la quinta fila y otras tres personas se les agregaban. La música concluía, saltaban los primeros grandes acordes finales desencadenados por el Maestro con espléndida sequedad, como masas escultóricas surgiendo de una sola vez, altas columnas blancas y verdes, un Karnak de sonido por cuya nave avanzaban paso a paso la mujer roja y sus seguidores.
   Entre dos estallidos de la orquesta oí gritar otra vez, pero ahora el clamor venía de uno de los palcos de la derecha. Y con él los primeros aplausos, sobre la música, incapaces de retenerse por más tiempo, como si en ese jadeo de amor que venían sosteniendo el cuerpo masculino de la orquesta con la enorme hembra de la sala entregada, ésta no hubiera querido esperar el goce viril y se abandonara a su placer entre retorcimientos quejumbrosos y gritos de insoportable voluptuosidad. Incapaz de moverme en mi butaca, sentía a mis espaldas como un nacimiento de fuerzas, un avance paralelo al avance de la mujer de rojo y sus seguidores por el centro de la platea, que llegaban ya bajo el podio en el preciso momento en que el Maestro, igual a un matador que envaina su estoque en el toro, metía la batuta en el último muro de sonido y se doblaba hacia adelante, agotado, como si el aire vibrante lo hubiese corneado con el impulso final. Cuando se enderezó la sala entera estaba de pie y yo con ella, y el espacio era un vidrio instantáneamente trizado por un bosque de lanzas agudísimas, los aplausos y los gritos confundiéndose en una materia insoportablemente grosera y rezumante pero llena a la vez de una cierta grandeza, como una manada de búfalos a la carrera o algo por el estilo. De todas partes confluía el público a la platea, y casi sin sorpresa vi a dos hombres saltar de los palcos al suelo. Gritando como una rata pisoteada la señora de Jonatán había podido desencajarse de su asiento, y con la boca abierta y los brazos tendidos hacia la escena vociferaba su entusiasmo. Hasta ese instante el Maestro había permanecido de espaldas, casi desdeñoso, mirando a sus músicos con probable aprobación. Ahora se dio vuelta, lentamente, y bajó la cabeza en su primer saludo. Su cara estaba muy blanca, como si la fatiga lo venciera, y llegué a pensar (entre tantas otras sensaciones, trozos de pensamientos, ráfagas instantáneas de todo lo que me rodeaba en ese infierno del entusiasmo) que podía desmayarse. Saludó por segunda vez, y al hacerlo miró a la derecha donde un hombre de smoking y pelo rubio acababa de saltar al escenario seguido por otros dos. Me pareció que el Maestro iniciaba un movimiento como para descender del podio, pero entonces reparé en que ese movimiento tenía algo de espasmódico, como de querer librarse. Las manos de la mujer de rojo se cerraban en su tobillo derecho; tenía la cara alzada hacia el Maestro y gritaba, al menos yo veía su boca abierta y supongo que gritaba como los demás, probablemente como yo mismo. El Maestro dejó caer la batuta y se esforzó por soltarse, mientras decía algo imposible de escuchar. Uno de los seguidores de la mujer le abrazaba ya la otra pierna, desde la rodilla, y el Maestro se volvía hacia su orquesta como reclamando auxilio. Los músicos estaban de pie, en una enorme confusión de instrumentos, bajo la luz cegadora de las lámparas de escena. Los atriles caían como espigas a medida que por los dos lados del escenario subían hombres y mujeres de la platea, al punto que ya no podía saber quiénes eran músicos o no. Por eso el Maestro, al ver que un hombre trepaba por detrás del podio, se agarró de él para que lo ayudara a arrancarse de la mujer y sus seguidores que le cubrían ya las piernas con las manos, y en ese momento se dio cuenta de que el hombre no era uno de sus músicos y quiso rechazarlo, pero el otro lo abrazó por la cintura, vi que la mujer de rojo abría los brazos como reclamando, y el cuerpo del Maestro se perdió en un vórtice de gentes que lo envolvían y se lo llevaban amontonadamente. Hasta ese instante yo había mirado todo con una especie de espanto lúdico, por encima o por debajo de lo que estaba ocurriendo, pero en el mismo momento me distrajo un grito agudísimo a mi derecha y vi que el ciego se había levantado y revolvía los brazos como aspas, clamando, reclamando, pidiendo algo. Fue demasiado, entonces ya no pude seguir asistiendo, me sentí partícipe mezclado en ese desbordar del entusiasmo y corrí a mi vez hacia el escenario y salté por un costado, justamente cuando una multitud delirante rodeaba a los violinistas, les quitaba los instrumentos (se los oía crujir y reventarse como enormes cucarachas marrones) y empezaba a tirarlos del escenario a la platea, donde otros esperaban a los músicos para abrazarlos y hacerlos desaparecer en confusos remolinos. Es muy curioso pero yo no tenía ningún deseo de contribuir a esas demostraciones, solamente estar al lado y ver lo que ocurría, sobrepasado por ese homenaje inaudito. Me quedaba suficiente lucidez como para preguntarme por qué los músicos no escapaban a toda carrera por entre bambalinas, y en seguida vi que no era posible porque legiones de oyentes habían bloqueado las dos alas del escenario, formando un cordón móvil que avanzaba pisoteando los instrumentos, haciendo volar los atriles, aplaudiendo y vociferando al mismo tiempo, en un estrépito tan monstruoso que ya empezaba a asemejarse al silencio. Vi correr hacia mí un tipo gordo que traía su clarinete en la mano, y estuve tentado de agarrarlo al pasar o hacerle una zancadilla para que el público pudiera atraparlo. No me decidí, y una señora de rostro amarillento y gran escote donde galopaban montones de perlas me miró con odio y escándalo al pasar a mi lado y apoderarse del clarinetista que chilló débilmente y trató de proteger su instrumento. Se lo quitaron entre dos hombres, y el músico tuvo que dejarse llevar del lado de la platea donde la confusión alcanzaba su pleno.
   Los gritos sobrepujaban ahora a los aplausos, la gente estaba demasiado ocupada abrazando y palmeando a los músicos para poder aplaudir, de modo que la calidad del estrépito iba virando a un tono cada vez más agudo, roto aquí y allá por verdaderos alaridos entre los que me pareció oír algunos con ese color especialísimo que da el sufrimiento, tanto que me pregunté si en las carreras y en los saltos no habría tipos quebrándose los brazos y las piernas, y a mi vez me tiré de vuelta a la platea ahora que el escenario estaba vacío y los músicos en posesión de sus admiradores que los llevaban en todas direcciones, parte hacia los palcos, donde confusamente se adivinaban movimientos y revuelos, parte hacia los estrechos pasillos que lateralmente conducen al foyer. Era de los palcos de donde venían los clamores más violentos como si los músicos, incapaces de resistir la presión y el ahogo de tantos brazos, pidieran desesperadamente que los dejaran respirar. La gente de las plateas se amontonaba frente a las aberturas de los palcos balcón, y cuando corrí por entre las butacas para acercarme a uno de ellos la confusión parecía mayor, las luces bajaron bruscamente y se redujeron a una lumbre rojiza que apenas permitía ver las caras, mientras los cuerpos se convertían en sombras epilépticas, en un amontonamiento de volúmenes informes tratando de rechazarse o confundirse unos con otros. Me pareció distinguir la cabellera plateada del Maestro en el Segundo palco de mi lado, pero en ese instante mismo desapareció como si lo hubieran hecho caer de rodillas. A mi lado oí un grito seco y violento, y vi a la señora de Jonatán y a una de las chicas de Epifanía precipitándose hacia el palco del Maestro, porque ahora yo estaba seguro de que en ese palco estaba el Maestro rodeado de la mujer vestida de rojo y sus seguidores. Con una agilidad increíble la señora de Jonatán puso un pie entre las dos manos de la chica de Epifanía, que cruzaba los dedos para hacerle un estribo, y se precipitó de cabeza en el interior del palco. La chica de Epifanía me miró, reconociéndome, y me gritó algo, probablemente que la ayudara a subir, pero no le hice caso y me quedé a distancia del palco, poco dispuesto a disputarles su derecho a individuos absolutamente enloquecidos de entusiasmo, que se batían entre ellos a empellones. A Cayo Rodríguez, que se había distinguido en el escenario por su encarnizamiento en hacer bajar los músicos a la platea, acababan de partirle la nariz de una trompada, y andaba titubeando de un lado a otro con la cara cubierta de sangre. No me dio la menor lástima, ni tampoco ver al ciego arrastrándose por el suelo, dándose contra las plateas, perdido en ese bosque simétrico sin puntos de referencia. Ya no me importaba nada, solamente saber si los gritos iban a cesar de una vez porque de los palcos seguían saliendo gritos penetrantes que el público de la platea repetía y coreaba incansable, mientras cada uno trataba de desalojar a los demás y meterse por algún lado en los palcos. Era evidente que los pasillos exteriores estaban atiborrados, pues el asalto mayor se daba desde la platea misma, tratando de saltar como lo había hecho la señora de Jonatán. Yo veía todo eso, y me daba cuenta de todo eso, y al mismo tiempo no tenía el menor deseo de agregarme a la confusión, de modo que mi indiferencia me producía un extraño sentimiento de culpa, como si mi conducta fuera el escándalo final y absoluto de aquella noche. Sentándome en una platea solitaria dejé que pasaran los minutos, mientras al margen de mi inercia iba notando el decrecimiento del inmenso clamor desesperado, el debilitamiento de los gritos que al fin cesaron, la retirada confusa y murmurante de parte del público. Cuando me pareció que ya se podía salir, dejé atrás la parte central de la platea y atravesé el pasillo que da al foyer. Uno que otro individuo se desplazaba como borracho, secándose las manos o la boca con el pañuelo, alisándose el traje, componiéndose el cuello. En el foyer vi algunas mujeres que buscaban espejos y revolvían en sus carteras. Una de ellas debía haberse lastimado porque tenía sangre en el pañuelo. Vi salir corriendo a las chicas de Epifanía; parecían furiosas por no haber llegado a los palcos, y me miraron como si yo tuviera la culpa. Cuando consideré que ya estarían afuera, eché a andar hacia la escalinata de salida, y en ese momento asomaron al foyer la mujer vestida de rojo y sus seguidores. Los hombres marchaban detrás de ella como antes, y parecían cubrirse mutuamente para que no se viera el destrozo de sus ropas. Pero la mujer vestida de rojo iba al frente, mirando altaneramente, y cuando estuve a su lado vi que se pasaba la lengua por los labios, lenta y golosamente se pasaba la lengua por los labios que sonreían.

De Final del juego
Cortázar, Julio; Ceremonias, Barcelona, Seix Barral, 1994