Y entonces se quedó de pronto clavado en el suelo.
En algún sitio, muy cerca, sonó un aullido ronco y gutural que parecía tan desesperado, tan inconsolable, que a Atreyu se le partió el corazón. Todo el abandono, toda la maldición de las criaturas de las tinieblas estaban en aquel lamento, que parecía no querer acabar nunca y era devuelto como un eco por los muros de edificios cada vez más lejanos, hasta que finalmente sonó como una manada dispersa de gigantescos lobos.
Atreyu se dirigió hacia aquel sonido, que se hizo cada vez más suave y se extinguió por fin en un ronco sollozo. Pero tuvo que buscar algún tiempo. Atravesó una entrada, llegó a un patio estrecho y sin luz, cruzó un arco y llegó por fin a un patio interior, húmedo y sucio. Y allí, encadenado ante un hueco del muro, había un enorme hombre-lobo, medio
muerto de hambre. Se le podían contar las costillas bajo la sarnosa piel, las vértebras de su espina dorsal sobresalían como dientes de sierra y la lengua le colgaba de las fauces semiabiertas.
Atreyu se acercó a él sin hacer ruido. Cuando el hombre-lobo lo vio, levantó con una sacudida su formidable cabeza. En sus ojos se encendió una luz verde.
Durante un rato, se miraron fijamente sin decir palabra ni hacer ruido alguno. Por fin, el hombre-lobo dejó oír un rugido suave, sumamente peligroso:
-¡Vete! ¡Déjame morir tranquilo!
Atreyu no se movió. Igual de suave, respondió:
-He oído tu llamada y por eso he venido.
El lobo echó hacia atrás la cabeza.,
-No he llamado a nadie -gruñó-: era mi lamento fúnebre.
-¿Quién eres? -preguntó Atreyu, dando otro paso adelante.
-Soy Gmork, el hombre-lóbo.
-¿Por qué estás aquí encadenado?
-Se olvidaron de mí al marcharse.
-¿Quiénes?
-Los que me pusieron estas cadenas.
-¿Y a dónde fueron?
Gmork no respondió. Miró a Atreyu expectante, con los ojos semicerrados. Tras un largo silencio dijo:
-Tú no eres de aquí, pequeño extranjero, ni de esta ciudad ni de este país. ¿Qué buscas?
Atreyu bajó la cabeza.
-No sé cómo he llegado hasta aquí. ¿Cómo se llama esta ciudad?
-Es la capital del más famoso país de Fantasía -dijo Gmork-. Sobre ningún otro país o ciudad corren tantas historias. Estoy seguro de que también tú habrás oído hablar de la Ciudad de los Espectros, en el País de la Gentuza, ¿no?
Atreyu asintió lentamente.
Gmork no había perdido de vista al muchacho. Le extrañaba que aquel chico de piel verde pudiese mirarlo tan tranquilo con sus grandes ojos negros sin mostrar ningún miedo.
-¿Y tú... quién eres tú? -preguntó.
Atreyu pensó un poco antes de responder:
-Soy Nadie.
-¿Qué quiere decir eso?
-Quiere decir que en otro tiempo tenía un nombre. Ese nombre no debe ser ya pronunciado. Por eso soy Nadie.
El hombre-lobo descubrió un poco los labios, dejando ver su tremenda dentadura, lo que sin duda equivalía a una sonrisa. Conocía tinieblas del alma de todas clases y sentía que, de algún modo, estaba ante un igual.
-Si eso es así -dijo con voz ronca-, Nadie me ha oído, Nadie ha venido hasta aquí y Nadie ha hablado conmigo en mi última hora.
Otra vez asintió Atreyu. Luego preguntó:
-¿Y no podría Nadie quitarte esa cadena?
La luz verde de los ojos del hombre-lobo tembló. Él empezó a jadear y a relamerse los labios.
-¿Lo harías de veras? -balbuceó-. ¿Soltarías a un hombre-lobo hambriento? ¿No sabes lo que eso significa? ¡Nadie estaría seguro de mí!
-Sí -dijo Atreyu-, pero yo soy Nadie. ¿Por qué habría de tenerte miedo?
Quiso acercarse a Gmork, pero él lanzó una vez más su rugido profundo y terrible. El muchacho retrocedió.
-¿No quieres que te ponga en libertad? -preguntó.
EL hombre-lobo pareció de pronto muy cansado.
-No puedes hacerlo. Pero, si te pones a mi alcance, tendré que hacerte pedazos, hijito. Eso sólo retrasaría mi fin un poco, una o dos horas. De manera que apártate y déjame reventar tranquilo.
Atreyu reflexionó.
-Quizá -dijo finalmente- pueda encontrar algo de comer para ti. Podría buscar en la ciudad.
Gmork abrió lentamente los ojos de nuevo y miró al muchacho. El fuego verde de su mirada se había apagado.
-¡Vete al diablo, pequeño necio! ¿Quieres conservarme la vida hasta que llegue la Nada?
-Pensé -tartamudeó Atreyu- que cuando te hubiera traído comida y estuvieras satisfecho, podría acercarme a ti y quitarte la cadena...
Gmork rechinó los dientes.
-Si fuera una cadena corriente la que me retuviera, ¿crees que no la habría roto yo mismo con los dientes hace tiempo?
Para demostrarlo cogió la cadena y su terrible dentadura se cerró sobre ella con un crujido. La sacudió y la soltó luego.
-Es una cadena mágica. Sólo puede soltarla la misma persona que me la puso. Y ésa no volverá.
-¿Quién te la puso?
Gmork empezó a gemir como un perro apaleado. Sólo al cabo de un rato se tranquilizó lo suficiente para poder responder:
-Fue Gaya, la Princesa Tenebrosa.
-¿Y a dónde ha ido?
-Se ha precipitado en la Nada... como todos los otros.
Atreyu pensó en los locos danzantes que había visto fuera de la ciudad, entre la niebla.
-¿Por qué? -murmuró-. ¿Por qué no huyeron?
-Habían perdido la esperanza. Eso a vosotros os debilita. La Nada os atrae poderosamente y ninguno de vosotros podrá resistirla ya mucho tiempo.
Al decir eso, Gmork soltó una risita profunda y maligna.
-¿Y tú? -siguió preguntando Atreyu-. Hablas como si no fueras uno de nosotros.
-No soy uno de vosotros.
-¿De dónde vienes entonces?
-¿No sabes qué es un hombre-lobo?
Atreyu negó en silencio con la cabeza.
-Tú sólo conoces Fantasia -dijo Gmork-, pero hay otros mundos. Por ejemplo, el de las criaturas humanas, y hay también seres que no tienen mundo propio. En cambio, pueden entrar y salir muchos mundos. Yo soy de ésos. En el mundo de los hombres paso por hombre, pero no lo soy. Y en Fantasia tengo figura fantásica sin ser uno de vosotros.
Atreyu se sentó lentamente en el suelo y miró con sus ojos grandes y negros al hombre-lobo agonizante.
-¿Tú has estado en el mundo de las criaturas humanas?
-He ido y venido a menudo entre su mundo y el vuestro.
-Gmork -tartamudeó Atreyu sin poder evitar que le temblaran los labios-, ¿puedes enseñarme el camino de ese mundo?
En los ojos de Gmork brilló una chispita verde. Era como si se riera por dentro.
-Para ti y tus iguales el camino de ida es muy fácil. La cosa no tiene más que un inconveniente: que no podéis volver. Tenéis que quedaros allí para siempre. ¿Es eso lo que quieres?
-¿Qué tengo que hacer? -preguntó Atreyu decidido.
-Lo que han hecho antes que tú todos los de esta ciudad, hijito. Sólo tienes que saltar a la Nada. Pero eso no corre prisa porque, tarde o temprano, lo harás de todas formas, cuando desaparezcan las últimas partes de Fantasia.
Atreyu se puso en pie.
Gmork se dio cuenta de que el muchacho temblaba con todo el cuerpo. Como no conocía la verdadera razón, dijo tranquilizadoramente:
-No tengas miedo: no hace daño.
-No tengo miedo -respondió Atreyu-. Nunca hubiera pensado que precisamente gracias a ti recobraría todas mis esperanzas.
Los ojos de Gmork centellearon como dos lunitas verdes.
-No tienes ningún motivo para ello, hijito... cualquiera que sea el que tengas. Cuando aparezcas en el mundo de los hombres no serás ya lo que eres aquí. Ése es precisamente el secreto que nadie puede saber en Fantasia.
Atreyu seguía de pie, con los brazos colgantes.
-¿Qué seré allí? -preguntó-, ¡Dime el secreto!
Gmork calló largo tiempo, sin moverse. Atreyu temía ya no obtener respuesta cuando finalmente, un pesado suspiro hinchó el pecho del hombre-lobo, que comenzó a hablar con voz ronca:
-¿Por quién me tomas, hijito? ¿Por amigo tuyo? ¡Ten cuidado! Sólo estoy pasando el tiempo contigo. Y ahora ni siquiera te puedes marchar ya. Te he retenido aprovechando tu esperanza. Pero, mientras hablo, la Nada cerca por todos lados la Ciudad de los Espectros y pronto no habrá ya salida. Entonces estarás perdido. Si me escuchas, será que te has decidido ya. Pero todavía puedes huir.
El gesto cruel de la boca de Gmork se acentuó. Atreyu titubeó una décima de segundo y luego susurró:
-¡Dime el secreto! ¿Qué seré allí?
Otra vez tardó Gmork mucho tiempo en responder. Su respiración era ahora ronca y estertorosa. Sin embargo, de pronto se incorporó, de forma que quedó apoyado en las zarpas delanteras y Atreyú tuvo que mirarlo. Sólo entonces se dio cuenta de todo su tamaño y todo su horror. Cuando el hombre-lobo habló de nuevo, su voz sonó áspera.
-¿Has visto la Nada, hijito?
-Sí, muchas veces.
-¿Qué te parece?
-Como si uno estuviera ciego.
-Bueno... pues cuando entráis en ella se apodera de vosotros, quiero decir la Nada. Sois como una enfermedad contagiosa que hace ciegos a los hombres, de forma que no pueden distinguir ya entre apariencia y realidad. ¿Sabéis cómo os llaman allí?
-No -susurró Atreyu.
-¡Mentiras! -ladró Gmork.
Atreyu sacudió la cabeza. Sus labios se habían quedado exangües.
-¿Cómo puede ser eso?
Gmork se ensañó al ver el espanto de Atreyu. La conversación lo animaba visiblemente. Tras una pequeña pausa siguió diciendo:
-¿Me preguntas qué serás allí? ¿Y qué eres aquí? ¿Qué sois los seres de Fantasía? ¡Sueños, invenciones del reino de la poesía, personajes de una Historia Interminable! ¿Crees que eres real, hijito? Bueno, aquí, en tu mundo, lo eres. Pero, si atraviesas la Nada, no existirás ya. Habrás quedado desfigurado. Estarás en otro mundo. Allí no tenéis ningún parecido con vosotros mismos. Lleváis la ilusión y la ofuscación al mundo de los hombres. ¿Sabes, hijito, lo que pasará con todos los habitantes de la Ciudad de los Espectros que han saltado a la Nada?
-No -tartamudeó Atreyu.
-Se convertirán en desvaríos de la mente humana, imágenes del miedo cuando, en realidad, no hay nada que temer, deseos de cosas que enferman a los hombres, imágenes
de la desesperación donde no hay razón para desesperar...
-¿Todos seremos así? -preguntó Atreyu espantado.
-No -replicó Gmork-, hay muchas clases de locura y ofuscación; según lo que sois aquí, hermosos o feos, tontos o listos, seréis allí mentiras hermosas o feas, tontas o inteligentes.
-Y yo -quiso saber Atreyu-, ¿qué seré yo?
Gmork sonrió irónicamente.
-Eso no te lo digo, hijito. Ya lo verás. O, mejor, no lo verás, porque ya no serás tú.
Atreyu calló, mirando al hombre-lobo con ojos muy abiertos.
Gmork continuó:
-Por eso los seres humanos odian y temen a Fantasía y a todo lo que procede de aquí. La quieren aniquilar. Y no saben que, precisamente así, aumentarán la oleada de mentiras que cae ininterrumpidamente en su mundo... esa corriente de seres desfigurados que tienen que llevar allí una existencia ficticia de cadáveres vivientes y envenenan el alma de los hombres con su olor a podrido. Los hombres no lo saben. ¿No es gracioso?
-¿Y no hay nadie -preguntó Atreyu en voz baja- que no nos odie ni nos tema?
-Yo, al menos, no conozco a nadie -dijo Gmork-, y tampoco es de extrañar, porque vosotros mismos tenéis que resignaros allí a hacer creer a los hombres que Fantasia no existe.
-¿Que no existe Fantasía? -repitió Atreyu desconcertado.
-Claro, hijito -respondió Gmork-, eso es precisamente lo más importante. ¿No puedes imaginártelo? Sólo si creen que no existe Fantasía no se les ocurrirá visitaros. Y de eso depende todo, porque únicamente cuando no os conocen en vuestro verdadero aspecto puede hacerse con ellos cualquier cosa.
-Hacer con ellos... ¿qué?
-Todo lo que se quiere. Se tiene poder sobre ellos. Y nada da un poder mayor sobre los hombres que las mentiras. Porque esos hombres, hijito, viven de ideas. Y éstas se pueden dirigir. Ese poder es el único que cuenta. Por eso yo también he estado al lado del poder y lo he servido, para poder participar de él... aunque de una forma distinta que tú y tus iguales.
-¡Yo no quiero participar de él! -balbuceó Atreyu.
-Calma, pequeño necio -gruñó el hombre-lobo-. En cuanto te llegue el turno de saltar a la Nada, serás también un servidor del poder, desfigurado y sin voluntad. Quién sabe para qué les servirás. Quizá, con tu ayuda, harán que los hombres compren lo que no necesitan, odien lo que no conocen, crean lo que los hace sumisos o duden de lo que podría salvarlos. Con vosotros, pequeños fantasios, se harán grandes negocios en el mundo de los hombres, se declararán guerras, se fundarán imperios mundiales...
Gmork contempló al muchacho un rato con los ojos semicerrados, y luego añadió:
-También hay una multitud de pobres zoquetes, los cuales, naturalmente, se consideran a sí mismos muy inteligentes y creen estar al servicio de la verdad, que nada hacen con más celo que intentar disuadir hasta a los niños de que existe Fantasía. Quizá tú les seas útil precisamente a ellos.
Atreyu conservó la cabeza baja.
Ahora sabía por qué no venían ya seres humanos a Fantasía y por qué no vendrían nunca para dar nuevos nombres a la Emperatriz Infantil. Cuanto más se extendiera la aniquilación de Fantasía, tanto mayor sería el raudal de mentiras en el mundo de los hombres y, precisamente por ello, cada segundo disminuía la posibilidad de que viniera aún un ser humano. Era un círculo vicioso del que no había escapatoria. Atreyu lo sabía ahora.