sábado, 2 de mayo de 2009
El destino de las olas está escrito...
Una ola estalla y se alarga en la orilla rápidamente, otras no logran crecer por la recogida en el fondo, otras crecen y crecen hasta que se hacen espectaculares, transparentes y perfectas.
Ahora mismo sobre mí rompe una de esas olas, sumergida voy en la confusión de la espuma, las algas, la arena cuando asoma revelada ante mis ojos la claridad de una verdad, que es el centro de mi huracán.
La foto más bonita de mi familia muestra una escena en la playa, mi madre corre con un poco de arena húmeda en la mano que desea arrojarle a mi padre, ella corre linda, lleva bikini azul con florcitas fucsias y lazos rosados en las caderas, mi padre la fotografía corriendo de espalda al oleaje, mi madre ríe entre el rumor del mar y nosotras detrás de ella reímos también, dentro de una pocita que mi padre nos cavaba para alejarnos del peligro del oleaje, ahora noto que la orilla ya no está donde estaba antes, está más afuera.
EL personaje central de esta historia es mi padre, pero primero debo decir que hoy no fui a trabajar por quedarme escribiendo esto, es urgente para mi escribir a veces, porque todos los días son días de investigación y creo que hoy encontré algo realmente interesante, es por eso que el trabajo puede esperar, habrán muchos días para enseñar la música, para educar en el amor y sanarme haciendo todo eso.
Mi padre conquistó un pueblo a los 30 años, todos partimos junto a su mejor amigo y su familia a vivir a Pichidangui, era un balneario solitario, sin agua, sin luz, todos con la ilusión de encontrar la paz y el descanso playero hippie, el contacto con la naturaleza, con nuestra propia naturaleza en la naturaleza, lejos del rugido de los camiones Pegaso, las liebres malditas, los pacos, los milicos.
Yo y mis hermanas disfrutamos mucho de nuestra naturaleza infantil, jugábamos al sol, al viento marítimo, oliendo arbustos de norte chico y el huano de las cabras, corríamos entre culebras, perros, gatos, tierra dura y polvareda ácida que levantaba el viento los 3000 días de mi año infantil. No duró mucho tiempo ese estado aborigen, pero para mí fueron siglos, caminatas por el borde costero, éramos aborígenes recolectoras, mi hermana chica era la más aborigen, llegaba a la casa con más bolsas de las que podía cargar ocupando largas horas en ordenar la cantidad de basura que recogía, pero mi mamá nos dejaba ser, nos amaba y nos mostraba el mundo de un modo intuitivamente científico, yo me sentía Darwin en aquel tiempo, no le tenía miedo a la vida y menos al mar. Aprendimos a nadar en el mar y en el río, imitando a los yecos y otros pájaros nos sumergíamos hasta que mi mamá nos obligaba a salir del agua por miedo a que nos ahogáramos, vimos a muchos niños ahogarse, pero yo comprendía que se habían ahogado por torpeza, por no observar con detención la naturaleza del agua, el fondo, el color de la profundidad, la corriente y la fuerza física propia, así que el miedo adulto no me impedía disfrutar de tardes enteras dentro del agua.
Todo ese tiempo estuvimos en soledad, por las noches en silencio, escuchábamos silbar el viento que acallaba a los grillos y el sapo que vivía en el baño, entre las tablas de la precaria cabaña.
Mi madre dormía un sueño infantil, pasaba casi todo el día en silencio, ordenando, tejiendo, dibujando caletas de pescadores sobre trozos de cholguán y pájaros de concha, caracol y cochayuyo. Nosotras nos entreteníamos haciendo lo mismo pero cantando disfrazadas, nos sabíamos muchas canciones que mi mamá cantaba todas las noches.
Mi papá también cantaba, era tan lindo y simpático, tan bueno que conquistó hasta los músicos del pueblo, todos ellos querían estar en nuestra casa, tal magnetismo provocaba que la casa siempre se llenaba de gente que cantaba y reía, todos querían terminar la semana en nuestra casa o íbamos a sus casas, de paseo al cerro a asar un cabrito, al tranque a freír pejerreyes y recoger cocos de palma chilena, o solo se detenía momentos largos en la calle a reír y bromear, contar historias largas que daba gusto escuchar.
EL personaje central de mi historia es mi padre. Lo amaba, lo esperaba cada noche, presentía su llegada, el motor de su camioneta que sabía escuchar a kilómetros y mi corazón saltaba de alegría y me dormía tranquila sabiendo que por la mañana abría debajo de mi almohada un chocolate o un turrón. Me despertaba sola, feliz tragando el aire frío de la mañana, el olor a tierra mojada, me abría los sentidos el agua tibia y las manos suaves de mi madre que frotaban mi cara y torcían mi pelo rebelde en dos gruesas trenzas para ir a la escuela, a esa hora la rana cantaba, el perro, los gatos y los patos.
Todos esos recuerdos caben en una caja de zapatos que no quise abrir hasta hoy.
Una ola estalla y se alarga en la orilla rápidamente, otras no logran crecer por la recogida en el fondo, otras crecen y crecen hasta que se hacen espectaculares, transparentes y perfectas.
Ahora mismo sobre mí rompe una de esas olas, sumergida voy en la confusión de la espuma, las algas, la arena cuando asoma revelada ante mis ojos la claridad de una verdad, que es el centro de mi huracán.
Hoy he decidido huir, largarme y recogerme como la ola que se alarga en la orilla y desaparece dejando solo un rastro de espuma que vuela el viento.
Si todo esto sigue así sucederá lo que le sucedió a mi padre. No hay día que no lamente su perdida, donde fue a parar mi padre verdadero, mi amado padre de infancia, el que enamoraba a toda la gente, como tú. (Solo yo sé porqué está esta frase aquí, un extraterrestre no lo entendería o un extranjero)
Él comenzó a luchar y de tanto luchar y aprender el arte de la lucha se transformó en guerrero siempre dispuesto a pelear, doctrina milica que dejó de ser teoría lamentablemente en la vida misma, soy un malabarista nos decía, tengo que hacer malabares para pagar lo que ustedes no saben agradecer. Su corazón se llenó de duda, miedo y desdicha, siempre había alguien más poderoso que lo derrotaba, que le ganaba, y dejó de proteger a los que lo amaban, su amigo de aventuras se marchó y al cumplir yo los diez años nos cambiamos a una casa más grande, que al parecer nos sacaba de la pobreza inmunda en que vivíamos, pobreza que los demás le hacían ver. Ahí nos remeció el terremoto del 85, mi madre embarazada da a luz ese mes a mi hermano menor, todo chile se arrodilla ante la fuerza reveladora de la naturaleza, se abandonan varios edificios, acontecimiento desafortunado que veinticuatro años más tarde abona la utopía de nuestra amada nueva escuela uno.
Padre:
Ningún lugar es pobre
Y no existe la prisión
Todo da giros y se expande hasta el interior.
Él descuidó el amor que recibía, solo se marchó a luchar, era su propio líder, soy mi propio jefe, pocos pueden decir eso, a mí nadie me manda.
Soledad sin mujer, sin hijos, sin amor, el amor fue reemplazado por los celos, la rabia, la odiosidad y la tristeza de un recuerdo maldito en su infantil miseria, mi amado padre se marchó a cazar dragones que le impedían el paso por los caminos que él ciego osaba transitar, se fue lejos, se fue y al volver llegaba con convenientes amigos que le ofrecía lealtad mezquina, los sentó a comer en nuestra mesa pese a sentir la frustración que emergía impune desde la alegría neoliberal izquierdosa demócrata cristiana, se perdió junto a todo un país, las fiestas se transformaron en bacanales delirantes, risas de locura, preocupación y desconcierto que hasta ahora escucha. Se ahogó miles de veces en alcohol, que lo perdió aún más en su rabia y soledad. Vi como él se fue quedando solo, mientras ensayaba yo los primeros acordes de trova cubana y folklor Violeta.
Dejó de vernos, lo que más amaba en la vida eran mis padres, mi madre también se difuminó sepia, nos abandonaron en casa de tías locas, postizas, internados, nos enviaron lejos, y en cada visita aumentaba la intensidad de los gritos, pólvora en las palabras, el mar se oía lejos, el viento inquietaba mi corazón, la melancolía le robó espacio a mi alegría, fui protagonista de la peor de las películas, poco a poco la ira fue brotando, sus manos duras me dejaron heridas que aun no cierran, lloro a mi madre y a mis hermanos en este momento, a mi país, porque ya no los veo, porque si los veo mi dolor es agudo, estridente como chirrido de tren en el riel que me perturba y confunde si quiero hablar de estas cosas.
Este es el miedo quemante del que huyo.
“Volcanes en erupción, no respetan nombre o dueño, por doquier hay destrucción, también sepultan los sueños.”
Y como yo sueño sueños me largo antes de que un volcán estalle su lava sobre mí, pero, no sin antes arrojar una gran cantidad de amor y agua de mar que hiele las recomendaciones de éste bello poema.
Enamórate
Sin cálculo, enamórate
Sin ruido, enamórate
No me escuches, solo enamórate
Días habrá para el tedio
Noches habrá para el delirio
Tardes tendrás para sacar cuentas y limpiar vidrios
Hoy, enamórate
Sin culpa, enamórate
Sin dios, enamórate
No me veas, solo enamórate
Los semáforos pueden esperar
La cuenta del agua, también
Meses habrá para sepultar recuerdos y hacer inventarios
Hoy, enamórate
Sin mirar atrás, enamórate
Sin mirar adelante, enamórate
Las olas tienen su tarea escrita desde siempre
Las nubes también
Las efemérides tienen sus propios custodios, déjalos hacer
Tú, enamórate
Sin voluntad, enamórate
Sin horario, enamórate
Los guardianes del espíritu no saben dónde mirar
Son fáciles de burlar
Déjales pistas falsas y
Enamórate

viernes, 1 de mayo de 2009
jueves, 30 de abril de 2009
Pie forzado y nubes negras

lunes, 27 de abril de 2009
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